¿Libertad?

Virginia Martin. 33 años. Extremadura. Aprendiz.

Me acuerdo cuando me percaté de que el miedo había entrado en mí.

Fue el jueves 12 de marzo, el mismo día que declararon la pandemia global. Nada mas abrir los ojos cogí el móvil de la mesita de noche y la primera información que me entró fue LA OMS DECLARA PANDEMIA GLOBAL. Durante todo el día no se leía ni se hablaba de otra cosa. Mi rutina estaba siendo un curso de interpretación todas las tardes durante esa semana, seguimos con nuestras clases con normalidad incluyendo el día siguiente; estas clases suponían un paréntesis y una desconexión por dos horas de toda la locura que se empezaba a desatar. Después, la primera cancelación de actividad programada: el curso de teatro social:“Hacer visible lo invisible”, tiene gracia. Solo nos presentamos tres, una era la profe. Lo aprovechamos para hablar de toda esta cosa del coronavirus. Al sacarlo fuera me percaté del susto que llevaba dentro.

Al final del día empezaba la campaña: QUÉDATE EN CASA. Pensé: – Vale mañana no se hablará de otra cosa que de quedarse en casa.

Los primeros miedos fueron relacionados con la conspiración: miedo al control, a la falta de libertad, a la manipulación, a la incertidumbre, a no entender que estaba pasando, que significado tenía todo eso. Miles de preguntas y reflexiones pasaban por mi mente buscando una explicación. ¿Un nuevo orden mundial?, ¿Que pretenden? ¿Qué pretenden quienes? ¿Guerra comercial entre china y eeuu?… Negada a la peligrosidad del virus, dudar de su existencia real, temblar ante los protocolos de seguridad que veía iban hacia el individualismo cada vez más, miedo al aislamiento permanente instaurado en nuestra psique, miedo por los cambios en la psicología social en pro de menos humanidad, mas individualismo y mas mecanización. Empaticé por primera vez con las personas que habían vivido la guerra de cerca, con acontecimientos históricos como el holocausto…, esto me asustaba.

Un torrente de emociones y pensamientos explotaban dentro de mi.

Del miedo a la rabia y al enfrentamiento

Durante los días siguientes al jueves y todo el fin de semana siguió el revuelo interno. Apareció la rabia ante la ignorancia, ante la falta de conciencia, el costumbrismo, el borreguismo, la adaptación, la normalización del horror.

Aparecía la palabra responsabilidad por todos lados seguida de quédate en casa y un montón de iniciativas de entretenimiento: desde no se donde…películas gratis!, desde la biblioteca mundial de no se que…libros gratis!, conciertos online en directo gratis!, teatro online gratis!, juegos gratis!!, por cortesía de no se quien ponen a disposición de manera gratuita no sé que cosa, ahora salgamos al balcón de la casa (quién lo tenga) a una hora todos a aplaudir lo bien que lo hacen…, blablabla. Ante todo esto yo solo podía ver un comportamiento de borreguismo:

– Y encima… ¡ESTA GENTE SE ATREVEN A HABLAR DE RESPONSABILIDAD!

La rabia crecía en mí:

– ¡QUÉ SE LIMPIEN LA BOCA PARA UTILIZAR LA PALABRA RESPONSABILIDAD, PORQUE NO TIENEN NI IDEA DE LO QUE ES!

Recuerdo que se me partió el alma cuando vi las primeras discusiones y acusaciones entre personas por ser o no ser responsables de salir a la calle o no seguir los protocolos de seguridad, y sentí rabia ese día cada vez que veía la palabra. Tuve una discusión muy apasionada con mi pareja. Él, italiano, cuando le dije que el viernes estaba en mi clase de teatro, me insinuo mi falta de responsabilidad al decirme que le parecía que no me estaba tomando muy en serio el coronavirus. Puedes imaginar como me encendí por dentro. Entre en cólera y le hice todo el discurso sobre lo que significaba ser responsable.

No podía aceptarlo.

Sentía rabia y asco.

– ¿Cómo puede hablar de responsabilidad toda esta gente que de repente les dicen que se queden en casa, la calle se llena de policías, nos dicen que no nos acerquemos ni nos toquemos y se quedan tan tranquilos mirando películas y teatro delante de una puta pantalla? ¿pero es que no les afecta todo esta locura? ¿No les afecta que le digan que no nos juntemos, que no nos toquemos, que no nos besemos, que nos plastifiquemos las manos y la cara?

Ahora me doy cuenta que todas estas preguntas responden a MIS MIEDOS y que ellos simplemente tenían otros miedos: a infectarse, a enfermar, a morirse…

El miedo ante la convivencia en confinamiento

Entre nosotros, unos cuantos que habíamos decidido pasar el confinamiento juntos durante lo que durara el Estado de Alarma, surgían nuevos miedos: ¿y si uno quiere salir fuera y luego viene a casa? ¿Hasta donde tomamos medidas de seguridad? ¿Es importante que acordemos un protocolo de seguridad para nosotros para evitar el contagio? Ademas estaban los niño lo que aumentaba aún más la preocupación.

Y cuando estas cuestiones y miedos se iban despejando iban resurgiendo otro tipo de miedos, ahora relacionados con la convivencia a la que el confinamiento nos había empujado: Tengo miedo a no tener mi espacio, a ser una molestia, ¿como nos organizamos a partir de ahora? ¿Y si no va bien la convivencia? Miedo al desacuerdo, al conflicto, a salir de la zona de confort, al cambio, al nuevo orden de nuestras vidas rutinarias.

Miedo de enfermar y sufrir

Al principio no veía el peligro del coronavirus en sí, me parecía solo la punta del iceberg y lo tachaba de insignificante. Pero cuando empecé a recuperar la calma, retomar mi rumbo, mi vida y mi bienestar y equilibrio dentro de esta situación, volvió a nacer el miedo, ahora miedo de enfermar y morir. Cuando me conecto con que todo es maravilloso, soy feliz y amo la belleza de la vida, surge el miedo de que el virus ese y la falta de salud se interponga, ademas soy diabética y han dicho que somos una población de riesgo. Y entrar en este terreno despierta otros miedos todos relacionados con supervivencia: ser contagiada por otros, entrar en paranoia y desconfianza con la gente con la que vivo, con mi pareja que llega de fuera…pero todos estos confluyen en uno más profundo y es el miedo al rechazo hacia mi o desde mí.

Miedo a fallar en mi humanidad

Pero no para ahí. Ayer vi una frase en las redes:

La romantización de la cuarentena es un privilegio de clase”

Ésta despertó en mí un nuevo terreno de conciencia; el miedo a mi propia indiferencia y al no ver, al estar ciega ante otras realidades (aquí empieza a asomar la culpa), el miedo a fallar en mi humanidad.

Fallo en mi humanidad cuando dejo de ver al otro y lo enjuicio. El llamar tontos e irresponsables a aquellos que se entretienen no ayuda en estos momentos. Ahora es cuando hay que ser fuertes de mente, espíritu y corazón. El ego salta. Se enorgullece de ser “mas listo que”, de estar en la respuesta y posición correcta ante esto, creando dualidad y división. Lejos de la comprensión comienzo a crear lo que en otro momento me dio miedo: lucha, acusaciones, divisiones, separación, individualidad, aislamiento.

Y ahora me entra miedo de esta jodida programación mental venida de la historia pasada que nos contaron, que venció, que tomó la voz y que responde a un sistema de clases, de opresión, de lucha de poder, de competición, de guerras, de miedo y obediencia, de infantilismo y desempoderamiento. Una programación que se cuela a la mínima bajada de alerta, y responde a los mecanismos de un sistema capitalista y patriarcal. Y así, con estos patrones mentales perpetuamos este sistema.

Y tengo miedo de no estar a la altura de las circunstancias, de no saber como hacerlo de otra manera, de verme atrapada y encontrarme de frente con la falta de libertad.

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